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No tienes que hacer sentir orgullosos a tus padres

Con el regreso oficial a las aulas quiero dejarles un pensamiento de Adam Grant y que merece eco:

No venimos a hacer sentir orgullosos a nuestros padres.

Y sí, ya puedo imaginar los comentarios encendidos que vendrán después de leer esto… pero déjenme explicarles por qué.

Nuestros madres, padres o cuidadores nos ponen enfrente metas que parten de su realidad. Pensemos en alguien que fue atleta olímpico: su definición de éxito estará ligada naturalmente a medallas y trofeos. Pero tú, en tu esencia, lo que sueñas es dedicarte a la investigación científica.

O al revés: quizá tu mamá o papá fue una gran escritora o escritor, pero tú no logras hilar una frase sin sufrir. Lo tuyo son las matemáticas.

Intentar vivir para hacer sentir orgullosos a nuestros padres es una trampa.

El mito del orgullo ajeno

Hacer sentir orgullosos a nuestros padres suena noble, pero puede convertirse en un callejón sin salida:

  • Nos educa para buscar aprobación externa antes que propósito interno.
  • Nos empuja a cumplir metas heredadas (ser doctor, ingeniera, empresaria “exitosa”) aunque no resuenen con nuestra voz.
  • Nos deja con la sensación de que, si elegimos distinto —arte, emprendimiento, tecnología, educación—, estamos decepcionando.

Lo que parecía un camino seguro termina siendo una jaula de cristal: se ve brillante desde afuera, pero por dentro asfixia.

Replantear la brújula: del pasado al futuro

La propuesta de Adam Grant —y la que compartimos en What the Future— es simple pero radical:
deja de mirar hacia atrás en busca de aprobación y empieza a mirar hacia adelante en busca de legado.

No tienes que ser el orgullo de mamá y papá. Pero sí puedes tomar sus aprendizajes y experiencias como contexto para comprender mejor el pasado y construir con más fuerza el futuro.

Tienes que ser coherente con tu futuro yo, con la persona que quieres ver en el espejo dentro de 10 o 20 años.

Si algún día tienes hijas o hijos, lo que realmente les importará no será que seguiste los sueños de tus padres, sino que tuviste el valor de construir los tuyos.

El orgullo verdadero no se hereda: se siembra en el presente para florecer en el futuro.

Si eres hija o hijo: Cómo romper con el mandato invisible
  • Cambia la pregunta: en vez de “¿qué carrera haría sentir orgullosos a mis papás?”, pregúntate “¿qué camino me permitirá vivir en congruencia conmigo?”.
  • Acepta la incomodidad: decir que no a expectativas ajenas no significa falta de amor, significa madurez y autonomía.
  • Construye comunidad: si tus papás no validan tu decisión, busca mentores, pares y espacios donde tu visión sí resuene. La validación existe, solo cambia de lugar.
  • Piensa como ancestro: ¿qué historia quieres que cuenten de ti? No como “la hija obediente”, sino como “la persona que se atrevió a abrir un nuevo camino”.
Si eres madre, padre o tutor

Cuando pedimos —directa o indirectamente— que nuestras hijas e hijos vivan para hacernos sentir orgullosos, les robamos parte de su brújula interna. Los empujamos a buscar validación en nosotros, en lugar de escuchar su propio propósito.

¿Qué significa ser buen ancestro?

  • Significa acompañar, no imponer.
  • Significa guiar, sin condicionar el amor a resultados.
  • Significa aceptar que sus caminos quizá sean distintos a los que soñamos… y que eso está bien.
Si eres docente o directivo escolar

La escuela también juega un papel clave. ¿Qué implica cambiar la narrativa?

  • Redefinir el orgullo escolar: no se trata solo de medallas, puntajes y logros, sino de procesos de autodescubrimiento.
  • Cambiar el discurso: menos “hazlo para que tus papás sonrían en la foto”, más “hazlo para que tu futuro yo te lo agradezca”.
  • Formar docentes-mentores: acompañar desde la escucha y la flexibilidad, no desde la imposición de trayectorias únicas.

✨ En resumen: no nacimos para colgarnos como medallas en la pared de alguien más. Nacimos para construir un futuro propio y dejar un legado auténtico.